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Uruguay busca una alternativa al “modelo Bukele” para frenar la inseguridad

En Montevideo y sus alrededores, la tasa de homicidios durante los últimos 5 años oscila entre los 16 y 18 cada 100.000 habitantes y en todo Uruguay ronda los 10 cada 100.000. La inseguridad supone la principal preocupación para los uruguayos, según sondeos. El gobierno actual busca una estrategia distinta al “modelo Bukele” para frenar la inseguridad.


CNN en Español. La angustia ciudadana deriva en debates políticos, pedidos de renuncias de la oposición y exigencias de mano dura, de soluciones drásticas. Una situación que no es muy diferente a la que vive la mayor parte de los países de América Latina. “Más policías, más cárceles y más penas. La fórmula del fracaso fue esa históricamente. Y eso solamente agravó los problemas”, dice el criminólogo Emiliano Rojido, magister y doctor en Políticas Públicas y asesor en políticas de seguridad pública del Ministerio del Interior de Uruguay.
Nueva estrategia

Uruguay diseñó un proyecto a diez años al que llama Plan Nacional de Seguridad, para intentar solucionar el problema de la inseguridad a partir de “tres dimensiones”. “En primer lugar, queremos que la seguridad pública sea una política de Estado que trascienda los períodos de gobierno, porque muchas de las soluciones no se van a dar en el corto plazo”, explica Rojido. Es decir, “tratar de separar la seguridad pública del botín electoral”.

En segundo lugar, este trabajo intenta ver a la seguridad pública como “una política compleja” y no solamente policial. “Es decir –dice Rojido– entendemos que no es justo cargar en hombros de la Policía toda la responsabilidad de la seguridad pública y que es necesario trabajar coordinadamente desde todos los ámbitos”: los tres poderes del Estado, sociedad civil, empresas de seguridad privadas, compañías tecnológicas, aseguradoras, entre otros.

Y, en tercer lugar, “hacer de la seguridad pública una política basada en evidencia”. “En seguridad pública las medidas se vienen tomando, tradicionalmente, históricamente, en Uruguay y América Latina, a golpe de balde: sobre todo por su efecto de poder retórico, por demagogia básicamente”, añade Rojido.

El ministro del Interior, Carlos Negro, declaró públicamente que pretendían que el modelo uruguayo de seguridad fuera un modelo “democrático, republicano y participativo”, porque, del otro lado, estaba el otro modelo: el modelo (del presidente salvadoreño, Nayib) Bukele, que se lo ve “como un modelo de seguridad pública y se olvidan de que se trata de un régimen político” distinto.

“El concepto general que guía todo el Plan de Seguridad es crear un modelo uruguayo de seguridad pública, una forma de combatir el delito, que no sea a través de recetas autoritarias o que no se pueda implementar en un país republicano y democrático como el nuestro”, enfatizó Negro.

“La idea de producir seguridad sacrificando derechos es una contradicción -explica Rojido-Nosotros entendemos la seguridad pública como el ejercicio de derechos: derecho a la vida, derecho a la propiedad, el derecho a la libertad. Si tenemos que restringir derechos para conseguir seguridad hay algo que está mal”.
Espectro en América Latina

La inseguridad delictiva es el espectro que hoy avanza por toda América Latina. Luis Moreno Ocampo, exfiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), considera que en América Latina el peor problema ya no son las guerras, sino el crimen organizado.

“Toda la región vive un proceso de décadas de deterioro de los indicadores de seguridad pública”, explica Diego Sanjurjo, referente del Grupo Latinoamericano y del Caribe de Seguridad y Democracia (Glacsed), y excoordinador de Estrategias de Seguridad Integral y preventivas del anterior gobierno uruguayo del centroderechista Luis Lacalle Pou.

Ante este panorama, algunos líderes de la región apelan a intentar imitar el llamado “modelo Bukele”. Bajo el mandato de Bukele, El Salvador pasó de ser uno de los países más violentos del planeta a registrar apenas 1,3 homicidios cada 100.000 habitantes. Esta considerable baja de la violencia llegó de la mano de un “estado de excepción”, detenciones masivas sin orden judicial, denuncias de torturas (que el Gobierno niega), control de la Corte Suprema, reforma de la Constitución para permitir la reelección indefinida, resultando en una democracia poco saludable, según Varieties of Democracy.

Pero el “modelo Bukele” no es fácilmente aplicable en otros países y tampoco es garantía de éxito. Diego Sanjurjo, quien integra el Partido Colorado uruguayo, explica que “las políticas represivas de seguridad suelen ser políticas adictivas”. Y lo detalla así: “Ponés mil policías más en la calle, pero no baja el delito. Sin embargo, a nadie se le ocurre revertirlo. Al revés: el ciudadano quiere más policías. Ahora le ponen 2.000 y, no me importa si no funciona, quiero 4.000. Lo mismo pasa con las penas, con los patrulleros… Nunca se plantea: si esto no funcionó, lo revierto”. “Casi todos los países de América Latina estamos en ese tren: un sistema de seguridad cada vez más caro pero que no da resultados”, subraya.
Enfoque científico

Uruguay intenta que este enfoque científico sí dé resultados. Para ello está siendo apoyado por diversos organismos internacionales y creó el Consejo Internacional de Observación y Cooperación. Ese grupo de instituciones internacionales brinda asistencia técnica, respaldo económico, sirvió como “veedor de buena fe” durante un diálogo político entre diversos actores sociales y políticos de todos los partidos y “documentó todo el proceso” que derivó en el Plan Nacional de Seguridad, “con la esperanza de que la experiencia de Uruguay pudiera servir también a otros países de la región”, detalla Rojido.

Entre las instituciones que trabajan junto al gobierno uruguayo están: el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), la oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Instituto de Políticas Públicas y Derechos Humanos del Mercosur, y el Instituto Latinoamericano de la ONU para la Prevención del Delito (ILANUD).

Uruguay también integra el Glacsed, liderado por los expresidentes de Costa Rica y Perú, Carlos Alvarado y Francisco Sagasti, que precisamente busca “ampliar y fortalecer la conversación sobre cómo enfrentar al crimen organizado con respuestas firmes, pero que se enmarquen en el Estado de derecho y no impliquen la vuelta a regímenes autoritarios”, menciona Sanjurjo.

Los resultados, advierten los expertos, no serán rápidos. Por eso el plan es a 10 años e incluye al menos dos periodos de gobierno, que podrían no ser del mismo partido. Para eso, Uruguay tiene condiciones favorables para tener una política de Estado en seguridad, “como el diálogo permanente entre las distintas fuerzas políticas y una sociedad civil robusta”, dice Rojido. La alternativa ya la conocen: que la gente descrea en la democracia, y que “aparezcan soluciones mágicas, atajos, planteos demagógicos, populistas, autoritarios”, concluye.

Fuente: CNN

Un veterinario y un profesor de historia pugnarán el balotaje en Uruguay

Un profesor de historia de izquierda y un veterinario de centroderecha competirán por la presidencia de Uruguay, la democracia más estable de Sudamérica, tras liderar la primera vuelta de las elecciones el domingo. Yamandú Orsi, del izquierdista Frente Amplio, y Álvaro Delgado, del Partido Nacional del presidente saliente Luis Lacalle Pou, se enfrentarán en un balotaje el 24 de noviembre, según proyecciones de escrutinio divulgadas el domingo. Orsi recogía 43,6-44,1 % de los votos, menos de lo previsto, y Delgado, 27-27,3 %, más de lo estimado, de acuerdo con encuestadoras citadas por Canal 10 y 12. A continuación, dos breves biografías.


El elegido de Pepe

Yamandú Ramón Antonio Orsi Martínez, de 57 años, es el delfín del popular expresidente José “Pepe” Mujica. Aspira a que la izquierda, que gobernó Uruguay por tres periodos consecutivos desde 2005 hasta 2020, regrese al poder. De perfil moderado y estilo campechano, Orsi es, como Mujica, descendiente de españoles e italianos, arraigado a la tierra, educado en la escuela pública y comprometido con la igualdad, el ADN de la idiosincracia uruguaya.

Nació en una zona rural en una casa sin luz eléctrica, y creció en la pequeña ciudad de Canelones. En 1991 se graduó de profesor de historia y enseñó en liceos del interior hasta 2005, cuando inició su trayectoria en el gobierno de Canelones, primero como secretario general de la comuna durante casi una década, y luego como intendente por dos periodos. Renunció para las internas partidarias de junio, que ganó con más del 60 % de los votos, superando ampliamente a la exintendenta de Montevideo Carolina Cosse, que tenía el apoyo de comunistas y socialistas y se convirtió en su compañera de fórmula.

De joven, Orsi atendía el almacén de sus padres y también fue monaguillo de la Iglesia católica y bailarín de folclore. En 1989 se sumó al Movimiento de Participación Popular fundado por Mujica. Orsi se casó dos veces, la última con la madre de sus hijos mellizos de 11 años. El hombre que contó que de niño le tenía miedo a la luna ha dicho que se prepara para ser presidente desde hace mucho tiempo. Sin embargo, no ha presentado un plan de gobierno antes de las elecciones, lo que despertó críticas de sus detractores. También fue cuestionado por no participar en debates, ni conceder entrevistas a muchos medios.

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Mano derecha del presidente

Álvaro Luis Delgado Ceretta, de 55 años, nunca imaginó que apenas días después de asumir en 2020 como secretario de la Presidencia de Luis Lacalle Pou se declararía una pandemia que paralizaría al mundo. Sin embargo, oficiar de vocero del gobierno en medio de la crisis del covid-19 puso a prueba su temple y proyectó su figura como presidenciable.

Antes de llegar a la Torre Ejecutiva con su amigo Lacalle Pou, con quien recorrió el país forjando un proyecto político, Delgado fue inspector general del Trabajo, diputado por Montevideo y senador. A la política ingresó tras haber trabajado como productor rural y asesor veterinario en establecimientos agropecuarios. Un test vocacional le mostró inclinación por la abogacía, pero optó por el campo, que tanto le gustaba, y se recibió de veterinario en 1995 tras haber sido también gremialista universitario.

Nacido en Montevideo, Delgado fue educado en colegios católicos, una fe que profesa. Se casó en 1997 y tiene tres hijos de 25, 23 y 21 años. Dice que es más feliz en el campo que en la playa y ama andar a caballo. Durante la campaña, Delgado fue tildado de “cavernícola” y “chabacano” por llamar “bombón” a su candidata a vicepresidente, la exsindicalista Valeria Ripoll. El episodio motivó memes y burlas en las redes sociales. Fue un “error” y un “chiste desafortunado”, reconoció luego.

Fuente: AFP.

Inundaciones también castigan a Uruguay: más de 700 fueron desplazados de sus hogares

El Sistema Nacional de Emergencias (Sinae) dijo que en el norte del país hay 763 personas desplazadas, de las cuales 199 fueron evacuadas a centros de acogida y 564 se fueron por sus propios medios a casas de familiares y amigos.

Las inundaciones avanzaron luego de tormentas muy fuertes y precipitaciones copiosas, la mayoría en departamentos limítrofes con Brasil, informó el martes la agencia uruguaya de gestión de crisis.

Tres rutas nacionales permanecen cortadas y unos 3.200 clientes no cuentan con suministro de energía eléctrica.

Hasta el miércoles rige un aviso del Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet) emitido el domingo por “tormentas fuertes y muy fuertes acompañadas de precipitaciones puntualmente copiosas”, que ya generaron advertencias de nivel amarillo y naranja.

“Se espera que en total, durante todo el evento meteorológico adverso, los acumulados se sitúen entre los 150 – 250 mm”, indicó el reporte de Inumet.

En Treinta y Tres, el departamento más afectado, el río Olimar se ubica en los 8,20 m, más de un metro por encima de la cota de seguridad. En Salto y Paysandú, el río Uruguay, que nace en la Sierra Geral en Brasil, ya superó también la cota de seguridad.

Fuente: AFP

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